Hay lugares a los que uno no vuelve aunque sigan exactamente donde los dejó.
Puedes pasar por delante, reconocer el camino, recordar dónde estaba cada árbol, cada curva, cada pequeña piedra que alguna vez se cruzó en tu camino. Puedes cerrar los ojos y recorrerlo de memoria. Pero algo ha cambiado. Ya no eres capaz de caminar por allí de la misma manera.
Quizá porque algunos lugares dejan de ser lugares y empiezan a convertirse en recuerdos.
Durante mucho tiempo pensé que había encontrado uno de esos lugares. Un pequeño refugio en mitad de todo. Un sitio donde podía ser yo sin demasiadas preguntas, donde las horas parecían pasar de otra manera y donde incluso los días más grises tenían algo de luz.
Y allí me quedé.
Me acostumbré tanto a aquel paisaje que dejé de pensar en la posibilidad de perderlo.
Supongo que ese fue mi error.
Porque uno nunca piensa que tendrá que despedirse de aquello que considera su hogar. No mientras las cosas sigan funcionando. No mientras todavía haya risas, viajes, conversaciones absurdas, miradas que dicen más que cualquier palabra y noches en las que parece que todo está exactamente donde debería estar.
Quizá por eso resulta tan difícil entender que algo pueda terminar cuando todavía quedan tantos lugares bonitos dentro de él.
Quizá por eso todavía existan noches en las que mi cabeza se empeña en buscar luces al otro lado del bosque. Cualquier destello sirve para imaginar que quizá proviene de allí. Una ventana encendida, una sombra entre los árboles, cualquier pequeña señal que me permita saber que sigues existiendo aunque ya no pueda verte. Y sé que no debería mirar, que algunas ventanas solo sirven para recordarte aquello que ya no puedes alcanzar, pero hay pensamientos que no entienden de distancias ni de despedidas.
Y quizá lo que más duele no sea verla adentrarse en aguas que nunca quiso tocar conmigo, sino descubrir que quizá nunca fue el agua lo que le daba miedo.
Es extraño.
Puedes querer a alguien y hacerle daño sin pretenderlo. Puedes querer arreglar algo y terminar rompiéndolo un poco más. Puedes tener miedo de perder a una persona y, precisamente por ese miedo, aferrarte demasiado a ese sentimiento.
Yo nunca entendí el amor como dos personas caminando juntas mientras el camino fuera sencillo. Siempre pensé que el verdadero significado de nosotros aparecía precisamente cuando el camino dejaba de serlo.
A veces las palabras pesan más de lo que uno cree.
A veces salen demasiado pronto.
A veces llegan demasiado tarde.
Y otras veces ni siquiera llegan.
He aprendido que hay silencios que pesan tanto como las palabras. Que no saber qué ocurre dentro de alguien puede hacer que tu cabeza construya cientos de respuestas que probablemente nunca fueron ciertas. Que uno puede pasarse noches enteras intentando descifrar una mirada, una distancia, una ausencia o una puerta que tarda demasiado en abrirse.
Y cuanto más piensas, más lejos parece estar la respuesta.
Quizá nosotros fuimos eso durante demasiado tiempo.
Dos personas intentando encontrarse en medio de un bosque demasiado frondoso. Una avanzando mientras la otra necesitaba detenerse. Una preguntando dónde estaba el camino mientras la otra prefería esperar a que desapareciera la tormenta.
Y cuando por fin salía el sol, volvíamos a encontrarnos.
Volvíamos a reír.
Volvíamos a ser nosotros.
Y quizá por eso nunca entendí del todo el peligro.
Porque después de cada tormenta siempre parecía quedar algo.
Un cielo despejado.
Un poco de frescura.
La sensación de que quizá la siguiente vez sabríamos hacerlo mejor.
Hasta que un día la tormenta llegó y ya no hubo nadie esperando detrás de la lluvia.
Quizá lo más doloroso sea haber construido un refugio para alguien que venía de pasar demasiadas noches a la intemperie, para terminar descubriendo que, cuando llegó el momento de la tormenta, fui yo quien acabó durmiendo bajo la lluvia.
No sé exactamente cuándo empezó a desaparecer todo aquello. Quizá nunca desapareció de verdad y simplemente fui yo quien tardó demasiado en darme cuenta de que algunos lugares también pueden quedarse vacíos mientras todavía conservan las mismas paredes.
A veces cierro los ojos y todavía puedo encontrarlo.
Está ahí.
El mismo paisaje.
La misma luz.
La misma silueta caminando a lo lejos.
Pero cuando intento acercarme, se desvanece.
Y entonces recuerdo que hay cosas que no pueden recuperarse por mucho que uno las busque.
Me gustaría decir que no queda nada.
Sería más sencillo.
Decir que todo murió aquel día, que cerré la puerta, tiré la llave y seguí caminando sin mirar atrás.
Pero no sería verdad.
Todavía existe una pequeña parte de mí que mira de vez en cuando hacia aquel camino.
No porque espere encontrar a nadie.
O eso me digo.
Quizá simplemente porque cuesta acostumbrarse a que un lugar que durante tanto tiempo fue hogar vuelva a ser solamente un lugar más.
Y supongo que ese es el verdadero duelo.
No olvidar.
No dejar de querer.
Ni siquiera dejar de recordar.
Es aprender a mirar aquello que un día te hizo sentir completo y aceptar que ya no puedes vivir allí.
Porque hay puertas que se cierran sin hacer ruido.
Hay despedidas que no necesitan un último abrazo.
Y hay personas que se marchan dejando detrás de sí una silueta tan profunda que durante mucho tiempo confundes su ausencia con una presencia.
Quizá algún día vuelva a pasar por aquel camino.
Quizá el bosque haya cambiado.
Quizá ya no reconozca los árboles.
Quizá haya crecido la maleza y el sendero haya desaparecido bajo las hojas secas.
O quizá todo siga exactamente igual y sea yo quien ya no sea el mismo.
No lo sé.
Lo único que sé es que no puedo quedarme allí para siempre. Porque nunca dependió de mí eso, lamentablemente.
Porque por mucho que mi corazón siga mirando hacia atrás, mi vida continúa avanzando. Inevitablemente.
Y tal vez algún día yo comprenda que no todos los lugares a los que quisimos pertenecer estaban destinados a ser nuestros para siempre.
Algunos solamente estaban destinados a enseñarnos cómo se siente estar en casa.
Y después, sin poder evitarlo, nos obligan a aprender a vivir sin ella.
Quizá algún día el recuerdo deje de doler.
Quizá algún día pueda pasar por aquel lugar sin buscar tu silueta entre los árboles.
Quizá incluso consiga recordar nuestras tormentas sin volver a sentir que necesito encontrar una forma de detenerlas.
Pero hoy todavía no.
Hoy todavía hay una parte de mí que sigue mirando hacia el camino por el que te fuiste.
No esperando exactamente que vuelvas.
O eso intento convencerme.
Quizá esperando simplemente que, por una vez, aquel sendero vuelva a parecerme tan bonito como lo era cuando lo recorríamos juntos.
Porque hay lugares que uno abandona sin querer hacerlo.
Hay caminos que dejan de llevar a ninguna parte.
Hay caminos que uno puede recorrer dejando huellas durante kilómetros, hasta darse cuenta de que las únicas pisadas que encuentra al volver son las suyas.
Y hay hogares que, aunque ya no podamos volver a ellos, permanecen dentro de nosotros mucho después de haber cerrado la puerta.
Y supongo que ese es el precio de haber encontrado a alguien con quien, por un momento, creíste que el mundo entero cabía en una sola palabra.
Nosotros.
Ahora esa palabra sigue existiendo.
Solo que ya no sé dónde termina el recuerdo y dónde empiezo yo.
